EL FRASCO VACÍO
Preparaba su comida preferida, no estaba enojada, lo perdonaría, al fin y al cabo sus aventuras eran sólo eso, aventuras.
Con mucho cuidado flambeó el pollo y lo trozó dándole buena forma, en la sartén caliente el chorro fino de aceite de oliva formó un espejo transparente. La juliana de cebollas, ajos y morrones, crujieron saltarinas sobre el aceite. Trasladó las piezas de pollo y las acomodó sobre las verduras, puso sal y pimienta, finas hierbas y roció con una copa de vino blanco, tapó con papel de aluminio y bajó el fuego.
Se sirvió vino tinto, bebió un sorbo y se dispuso a preparar la salsa.
En una zotez a la que agregó aceite de oliva, le incorporó tomates en concassé, finas plumas de cebolla, orégano seco, sal y pimienta. Agregó páprika y probó, estaba bien, pero sin duda algo le faltaba, mirando los frascos en la alacena, buscó uno pequeño del fondo y vaciando su contenido revolvió con su cuchara de madera, apagó el fuego.
Mientras tanto las presas de pollo ya estaban listas, las acomodó delicadamente sobre una hermosa fuente de mesa y dejó caer una catarata de salsa de la zotez, adornó con albahaca fresca y llevó a la mesa.
Cuando él llegó corrió a su encuentro, lo abrazó y besó en la boca, luego tomó su abrigo, él se lavó las manos y ambos se sentaron a la mesa; la música sonaba muy suave, casi imperceptible, la tenue luz de las velas y el aroma de las flores del centro daban al ambiente una escenografía de películas románticas.
Comieron todo, bebieron champagne, se dijeron palabras de amor.
El frasco vacío yacía en el fondo del recipiente para residuos, desde su etiqueta, la calavera reía.
LIBERTAD
Los altos barrotes la separaban de su libertad. Había llorado toda la noche, aferrada a ellos sentía que hacía mucho frío en ese lugar, la penumbra le impedía ver bien; soltó su cabello y ató la cinta a la reja en un moño, entrecerró los ojos y vio nuevamente la escena: su esposo, su amor, estaba en los brazos de su mejor amiga, desnudos, en su propia cama.
El metal frío le pesaba en las manos, apuntó, lo miró, un chasquido, un chispazo y las gotas de sangre haciéndose charco.
Abrió los ojos, los barrotes seguían allí, si tan sólo pudiera escapar, abrigarse del frío que sentía.
De pronto no supo bien que pasaba, los barrotes mágicamente se achicaban, ahora le llegaban a la cintura, sí, podría escapar, cruzó sus manos en un rezo y huyó, por fin era libre...
Sobre la vereda del edificio de 25 pisos yacía sin vida el cuerpo de una hermosa mujer. En la reja de la terraza de ese mismo edificio un moño de cinta rosa flameaba al compás de la brisa mañanera.
EL CIRCO
Santiago iba despacio en su bicicleta, a los 65 años el médico le había recomendado que hiciera ese ejercicio al aire libre, por lo que todas las tardes recorría las callecitas de su pueblo natal.
Hoy, al pasar frente al terreno baldío del viejo ferrocarril, vio con asombro que se estaba montando un circo.
Hacía 47 años que no se veía la gran carpa, se detuvo para observar y recordó con nostalgia cuando tenía 18 años, en esa época había asistido a la última función del circo “Los 7 Hermanos”.
Ese día había invitado a Elvira, una hermosa niña de 16 años que le gustaba y deseaba hacerla su novia, ella vivía desde siempre detrás de los galpones que circundaban el ferrocarril, cerca de donde se levantó la carpa.
Disfrutaron juntos de la función, rieron, aplaudieron, saborearon una golosina, al salir él la acompañó hasta su casa, iban tomados de la mano y al despedirse la besó en la boca.
Loco de alegría regresó a descansar.
Al día siguiente fue a buscarla pero toda la familia se había mudado esa madrugada, desesperado preguntó en la academia de piano a la que Elvira asistía, en la escuela, en el bar, nadie sabía nada, triste y solo, con las fuerzas agotadas, regresó a su casa, al pasar frente al circo vio que éste había sido levantado.
Nunca más supo de ella.
Por eso hoy, al ver el circo izando su carpa, se acordó de aquel amor de juventud.
Llegada la noche se vistió y caminando despacio fue a ver la función.
El presentador saludó y comenzó a auspiciar los distintos artistas, luego pidiendo silencio, anunció el siguiente número:
-Señoras y señores, niños y ancianos, amigos todos, prepárense a escuchar la voz más armoniosa, a la cantante de nuestro espectáculo, quién abrirá esta función y nos deleitará con su canción. Les presento a Glenda Fosco.
Las luces se apagaron y un reflector señaló un círculo central donde, de espaldas, una mujer esperaba para iniciar su canto. Su larga cabellera y el lamé de su vestido daban la sensación de que un ángel había descendido del cielo.
Los acordes comenzaron a sonar y ella, despacio fue girando mientras cantaba:
-“Amor, amor mío, he vuelto después de tantos años...”
Santiago quedó paralizado, una puntada le dio en el pecho, abrió grandes los ojos, quien estaba en el centro de la pista, bajo las luces y entonaba su canción favorita era Elvira